lunes, 16 de junio de 2014

El Corazón de Éledritch. (II)

Cinco años después, se conoce como El Lugar Donde Sólo Nace Muerte.

Amanecía otro día en Dalmasco, capital del reino de Dalmasquia, gobernado por el distante pero justo rey elfo Lyoder Fulgor Ardiente. La paz habitaba en prácticamente todo el territorio, mientras su hijo, Myoder, se preparaba para subir al trono al alcanzar la mayoría de edad.

En la taberna más grande de la ciudad, trabajaban un enano y un humano. Se conocían desde hacía cinco años. El primero no llegaba al metro y medio, tenía el pelo y la barba negra y ojos marrones. El segundo tenía el pelo castaño y los ojos verdes y le sacaba bastante altura. Se llamaban Dermask y Nemo. Un día más de trabajo, aunque la taberna andaba algo más llena de lo normal. En uno de esos momentos de respiro, cruzaron sus miradas.

-Oye, enano, llevamos cinco años conociéndonos y aún no me has dicho de dónde viene tu nombre -rió el humano.

-Es una derivación del nombre del reino, no recuerdo mi propio nombre desde hace esos años -contestó mientras vigilaba la puerta desde detrás de la barra.

-Interesante. Mi nombre tiene su origen en un lenguaje arcaico. Significa Nadie -murmuró su compañero- Por cierto, ¿te has dado cuenta en el tipo nuevo? -añadió, señalando disimuladamente hacia un rincón.

-Ah, sí, ¿el diablillo? -bromeó Dermask, riéndose.

-Ten cuidado, es un tiefling. No suelen ser muy amables -le advirtió Nemo-. Quizás no tenga buenas intenciones.

-Déjame con mis tonterías, soy un enano, no le tengo miedo a nada -gruñó-, y menos a un melenas que se cree el rey del lugar.

Razón no le faltaba. El tiefling, como Nemo lo había llamado, era bastante alto, tenía una gran melena pelirroja y unos cuernos levemente limados que le surgían de la frente. Definitivamente, le daban un aspecto muy siniestro. Por si fuera poco, sujetaba el vaso con su cola, que le salía de debajo de la capa.

Mientras lo miraban, comenzó la pelea. Un humano calvo y de ojos azules se encaró con un orco mucho más alto que él y le propinó una patada en la cara tras hacer una pirueta sobre la mesa en la que bebía.

-Fuera -dijo el tabernero, algo preocupado por la disputa.

Ambos salieron del local y pronto se vieron rodeados de gente mientras se miraban como si estuvieran a punto de embestirse. Se hizo un pequeño corro alrededor de ellos mientras el orco echaba mano a sus hachas y miraba al humano con ojos inyectados en sangre.

-¿Qué ocurre aquí? -intervino una voz suave pero autoritaria.

Todos se giraron y la gente se apartó para dejar pasar a un elfo de pelo gris claro que vestía una camisa de malla y portaba un estoque en el cinto. A su espalda, dos lanzas cortas que más bien parecían agujas. En su rostro destacaban sus ojos ambarinos y un pendiente negro en su oreja izquierda. De su pipa salían varias volutas de humo mientras se acercaba al humano y al orco y se colocaba en medio. Era bastante exótico, y en su brazo izquierdo había dibujadas diversas letras en lenguaje arcano.



-¿Hay un combate? -preguntó con naturalidad.

En ese momentos, todos se inclinaron ante el rey Lyoder Fulgor Ardiente.

-Ya conocéis las normas de los combates. Los Regidores actúan como mediadores para realizar el ritual de combate. Ya que estoy, me encargaré yo -añadió el elfo. Se miró el brazo izquierdo un par de segundos y unió sus manos. Tras separarlas, un destello azul brotó y una marca apareció sobre la frente de ambos combatientes-. Esto es un combate a muerte entre el orco y el humano. Si alguien interviene, se considerará nulo y el susodicho será arrestado y encarcelado. Si los combatientes aceptan estas normas, el duelo comienza.

Lyoder se apartó y, mientras lo hacía, el orco cargó contra su enemigo. Entonces, Nemo y Dermask salieron al exterior.

-Va a ganar el orco -dijo Nemo-, está claro.

-No te fíes tanto, el humano es un monje -respondió Dermask, plenamente convencido.

El hacha pasó rozando la faz del humano, que respondió con una poderosa patada giratoria, desplazando a su oponente varios metros. Los ojos de Lyoder brillaban con interés al posar su mirada sobre Nemo y Dermask, que, habiéndose dado cuenta, hincaron la rodilla en el suelo. El rey elfo rió y siguió contemplando el combate.

El orco volvió a la carga y esta vez consiguió alcanzar al monje, haciéndole un pequeño rasguño. El otro lanzó un puñetazo directo a su cara, pero contempló, con horror, como a su enemigo le resultaba indiferente y, con un agarrón, lo estrellaba contra el suelo.

El salvaje gritó triunfante, y alzó sus hachas, propinando el golpe final. El monje fue destrozado allí mismo mientras las hachas lo desmembraban por completo.

Lyoder aplaudió levemente y miró a Dermask y a Nemo.

-Os veré en el palacio en cuatro horas, a las seis de la tarde.

Ambos se miraron, perplejos, mientras la multitud se disipaba.