lunes, 20 de enero de 2014

Belua Amoris.

Subió lentamente, peldaño tras peldaño, arrastrando sobre sus hombros todo el dolor con el que podía cargar. Se despedía. Había pasado todo el día deambulando por la ciudad, grabando en su memoria los lugares en los que había estado. Era triste y trágico que, en un minuto, todo hubiera dado un vuelco. Sucedió tal y como contaban, su vida pasaba como una película por su mente: la primera palabra, la sonrisa, el beso, las lágrimas, y ahora, su inseguridad y su pobre voluntad de vivir lo empujaban al abismo.

Llegó a la azotea y se encaminó con indecisión hacia la cornisa. Miró hacia abajo. Luces. Vehículos. Gente que no tenía ni idea de que allí arriba un alma estaba a punto de decir adiós al mundo. Se sentó en el borde y sacó su teléfono móvil, dejando un último mensaje de voz.

Hola. No tengo nombre ni apellidos. No tengo padre ni padre. No tengo casa. No existo y estoy a punto de morir.

Buscó su nombre en la agenda y lo envió. Minutos después, observó, fascinado, como varios camiones de bomberos se habían amontonado al pie del edificio. No lo esperaba. Más bien suponía que no le importaba nada. Pero se había equivocado. Oyó los pasos subiendo por la escalera y cerró los ojos, abatido. Trató de respirar profundamente, mas sus nervios lo superaban.

-Vuelve -susurró la voz de ella tras él-. No hagas esto. No eres así.

-No sabes quién soy -se limitó a contestar-. No soy quien crees que soy.

-¿Y quién eres? -se le hizo un nudo en la garganta y no pudo seguir hablando.

Se levantó de la cornisa y se giró para observarla una última vez. En aquellos ojos azules vio reflejado el miedo a perderle. Se fijó en su melena dorada.

-Te ha crecido el pelo -dijo con una voz sin emoción.

-Siempre has sido igual de estúpido. Estás a punto de morir y lo único que se te ocurre es hablar de mi pelo. ¿Quién eres? -volvió a preguntar con más temor.

Él sonrió, en su rostro apareció una expresión triunfal y abrió los brazos, formando una cruz.

-Mi nombre es Belua Amoris, y este es mi más sincero adiós -sentenció.

Ella tendió su mano hacia él.

-Omnis tu mea vita es -susurró con la esperanza de hacer que entrara en razón.

Él tendió su mano hacia la suya y la rozó con la punta de los dedos.

-Omnis mea vita tu fuisti -contestó-. Vale, Luna.

Movió un pie hacia atrás y el cuerpo cayó desde la azotea mientras se oía el grito de dolor de ella. Segundos después, el sonido de los huesos al romperse contra el asfalto. Y arriba, entre lágrimas, se derrumbó.