viernes, 6 de junio de 2014

El Corazón de Eledritch. (I)

El enano llegó a la taberna bastante cansado después de su última aventura. Afuera hacía frío en aquel pueblo tan alejado de la capital de Dalmasquia. El pistolero entró tras él. Ambos se sentaron en la mesa más alejada de la entrada, dispuestos a debatir sobre la muerte reciente de su último compañero, el paladín. Apenas se acordaban de su nombre: Hauteclaire, seguidor de Pelor.

Ambos pidieron bebidas bastante fuertes. El pistolero hizo honor a su sangre de semi-orco mientras degustaba el líquido amarillo que le habían servido. El enano no se encontraba con los mismos ánimos. Llevaba en su cinturón el medallón del fallecido Hauteclaire. Fue entonces cuando un hombre que se parecía sospechosamente a él entró en la taberna y se encaminó hacia ellos. La taberna estaba mal iluminada así que apenas pudieron distinguirle entre la multitud, sólo se dieron cuenta cuando estaba junto a ellos. Humano, el desconocido tenía el pelo castaño, ojos verdes, gesto serio y, por su rostro, parecía bastante cansado. Le sacaba varios centímetros al semi-orco, pero aquello no impidió que el enano, a pesar de ser más pequeño, se levantara de su asiento y lo mirara fijamente.

-¿Quién eres y qué haces aquí? -fue bastante directo, aunque el extraño no pareció amedrentarse en absoluto.

El hombre, que portaba una espada al cinto y un escudo de metal redondo a la espalda, sonrió.

-Busco a Hauteclaire -contestó-. Es un familiar. Os he seguido desde que aparecisteis en la vía principal del reino.

Pronto se encontró con el cañón de la pistola del semi-orco apuntándole a la cara, pero el enano lo detuvo.

-Tranquilo, Grey. No parece ofensivo -miró alternativamente al pistolero y al recién llegado-, ¿de qué conoces a Hauteclaire?

-Ya lo he dicho. Es un familiar -repitió-, vengo en su busca. Debe volver conmigo.

-Pues me temo que esto es todo lo que puedes encontrar -le entregó el medallón de Pelor de Hauteclaire mientras volvía a sentarse-, si te interesa, aún recuerdo dónde lo enterramos.

Grey guardó su arma y volvió a su sitio mientras observaba atentamente la situación. Su sexto sentido le dijo que algo iba mal, así que volvió a desenvainar, pero mantuvo a su pequeña bajo la capa.

-Algo se acerca, Pagüer -dijo al enano.

-Yo también lo noto -añadió el nuevo-, el mal se acerca -sentenció tras haberse concentrado un instante.

-¿Cómo lo sabes? -el enano desenvainó su arco y aguardó entre la multitud.

-Mi diosa me advierte cuando el mal está cerca. Me permite detectarlo -respondió.

-Ah, entonces eres como Hauteclaire, ¿me equivoco? -murmuró el pistolero.

-Así es. Paladín de Sarenrae. Ella es mi guía en este caótico universo.

Entonces empezaron a oírse los gritos. Sin motivo aparente, la gente de la taberna se iba desmayando. El paladín tomó la iniciativa y, con una plegaria, alzó su escudo y lo hizo brillar con fuerza. Una corriente de energía invisible brotó de su símbolo sagrado, grabado en su escudo. Esta recorrió la sala, y en el trayecto, se oyeron gritos que, definitivamente, no eran humanos, ni elfos, ni enanos, ni semi-orcos.

El paladín alcanzó a ver cómo había una especie de criaturas negras bípedas que parecían fantasmas desplazándose hacia ellos.

-¡Sombras! -gritó al darse cuenta de lo que se acercaba- ¡Corred!

Y se pusieron manos a la obra. El enano corrió hacia las escaleras para subir a la planta superior de la taberna, mientras, abajo, una sombra avanzaba tras él. El pistolero no perdió tiempo y realizó varias piruetas entre las mesas esquivando las sombras, aunque sin disparar. Si algo le había enseñado la experiencia, es que lo único que dañaba a las sombras era la magia. Y él no era usuario de la energía arcana. Se limitaba a cumplir con su trabajo ayudándose de su pistola, al fin y al cabo, era un asesino y era lo que mejor hacía. No tardó en salir afuera, y en cuanto lo hizo, no dudó en correr por su vida para salir del pueblo.

Entonces, contempló con horror que el lugar estaba envuelto en una espesa niebla de la que aparecían insectos gigantes que aprisionaban a todo el que encontraban. Después, los alzaban en el aire, muy alto, y no volvían a aparecer.

Por su parte, el enano y el paladín se encontraban en no tan buena situación. El primero se había visto acorralado arriba y había tenido que saltar por la ventana, torciéndose el pie al caer. El otro consiguió salir por la puerta principal, pero mientras huía, notó cómo las garras de la muerte llamaban a su puerta y, una vez más, le dio las gracias a Sarenrae por haberle permitido vivir para servir un día más. Al salir, se encontró con el enano, que acababa de bajar de un salto.

-¡Pagüer! -exclamó el paladín mientras lo ayudaba a levantarse- ¡Vamos!

El enano se incorporó rápidamente a pesar de su dolor y se fijó entonces en los insectos. La niebla cada vez era más espesa y apenas podían ver.

-Huyen de la niebla -apreció el paladín-, ¿crees que deberíamos...?

-Eso creo -asintió el arquero, internándose en la niebla.

De repente, el suelo empezó a temblar. Una especie de tentáculo apareció entre la niebla y agarró al enano.

-¡NO! -exclamó el paladín mientras desenvainaba su espada para atacar.

Sin embargo, la espada fue a romperse al contacto con el tentáculo. El apéndice dejó caer a Pagüer y atrapó a su compañero, alzándolo en el aire y alejándolo del otro. El paladín se vio suspendido a cientos de metros sobre el suelo. Finalmente, debido a la presión, perdió la conciencia y se dejó llevar por la muerte.

Abajo, el enano corría como alma que llevaba el diablo y, viendo que una especie de empalizada mágica se había alzado en torno al pueblo, se arrojó al suelo, buscando un pergamino, pluma y tinta, y comenzó a escribir una nota en caso de que despertara con vida. Apenas terminó, algo lo golpeó en la espalda y lo dejó inconsciente.

Grey lo tenía un poco más fácil. Se había enfrentado a un par de insectos y había salido victorioso mientras intentaba huir del pueblo. Sin embargo, cuando se alzó la empalizada mágica, las cosas se torcieron.

Por suerte, contempló cómo una figura, varios metros a su derecha, conjuraba una bola de fuego y la arrojaba contra la muralla, quemando la madera para salir. Mas, cuando se dirigió hacia allí, la madera se regeneró y le cerró el paso.

Grey dedicó varios segundos a pensar, y al instante siguiente, decidió trepar por la empalizada. Era una tarea bastante difícil, pero, cuando se hallaba a la mitad, no se percató del insecto que se acercaba peligrosamente a él y no pudo evitar que lo agarrara y lo alzara hacia lo alto. También vio desde arriba, que corría el riesgo de caer sobre las estacas de madera que formaban la empalizada y quedarse empalado.

Aún tenía la mano derecha libre, así que se lo jugó todo a una sola carta. Giró el brazo rápidamente y disparó contra una de las alas del insecto. Con un grito de dolor, lo soltó y Grey cayó sobre las estacas. Notó cómo la madera le rozaba la espalda, pero cayó fuera del pueblo. No sabía si había sido suerte, habilidad, o quizás lo que el destino le deparaba, pero no había muerto.

Por desgracia, se vio rodeado por cinco insectos. Sólo le quedaban dos balas. Disparó dos veces, y las dos veces acertó, pero antes de que pudiera reaccionar, se vio atacado por los flancos y atravesado por las pinzas de los insectos.

Nadie sabe lo que pasó, pero nunca se llegó a oír el dolor de Grey.

Cinco años después, el pueblo no existe. Ahora es conocido como El Lugar Donde Sólo Nace Muerte.

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